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Táchira – 5:49 pm-. La penúltima dictadura que oprobió a Venezuela fue depuesta por la decidida acción del pueblo y de sus Fuerzas Armadas. Desde entonces, la fecha del 23 de enero de 1958 marcó un punto de inflexión entre autoritarismo y libertad.

En 1999, un movimiento de golpistas que atentaron contra la Constitución en 1992, se alzó con el poder y demolió sistemáticamente los pilares que sostenían a la democracia venezolana. Chávez y Maduro, arrastraron al país más prometedor del continente a los infiernos de la hambruna, la violencia entre hermanos, la huída masiva de nuestra juventud y la deshonra internacional al aliarnos con los regímenes más violadores de los derechos humanos.

A estas alturas, lo que haga Nicolás Maduro y su régimen ya no parece sorprender a más nadie. Los ciudadanos venezolanos a partir de hoy asumimos estar frente a una dictadura que ha arrodillado a los poderes públicos, convirtiéndoles en brazos ejecutores de los atropellos concebidos desde la reducida camarilla que secuestró el poder en Venezuela.

En el día de ayer se consumó el asesinato de la democracia y de la constitución. Yendo más allá de lo imaginable, la sala “constitucional” del Tribunal Supremo de Justicia, ha decidido asumir para Maduro, las competencias que no le otorga la constitución, ni el voto popular que sí eligió al parlamento nacional.

El atropello se hace ley. La inobservancia de la constitución por parte de quienes detentan el poder del estado es recurrente, al punto que unos magistrados ilegítimos en su designación, le arrebatan su condición de poder autónomo a la Asamblea Nacional, mediante argumentos leguleyos e interpretaciones que cualquier estudiante de derecho puede notar que van contra la propia Constitución. Es el “Madurazo” a la nación. Cosa que no se detiene allí. Desde ahora pende más sobre las cabezas de los que luchamos por la democracia, la amenaza de ir a prisión y ser juzgados en tribunales militares, aunque seamos civiles, por solicitar precisamente el acatamiento a la norma suprema, los derechos humanos universales y la realización de elecciones, cosa que el gobierno llama “traición a la patria”. Narrativa según la cual, el partido, el gobierno, el estado y la nación son uno solo. Por tanto estar en contra del gobierno es ir en contra del país. Esto es nazifascismo en el trópico.

Frente a esta situación no hay soluciones fáciles. El gobierno quiere cerrar la puerta de la salida pacífica. Y he allí el gran desafío que representa este momento para la vida de la república. Defender la democracia amerita un talento que no se ha de tener para defender a la revolución. Porque quienes por encima de ideologías, somos demócratas por convicción, respetamos la vida, las leyes, las instituciones y al otro como elemento integrante de la sociedad. Para defender a la revolución sólo hace falta una pistola en la cintura y los narcóticos propios del fanatismo para inhibir cualquier remordimiento por no respetar si quiera el derecho a la vida.

No podemos seguir pacientes e indiferentes frente a un régimen que nos ha sumido en la anomia social y nos arrebata las esperanzas de vivir en paz y en una sociedad de progreso. Es necesario convocar a la unidad del país para movilizar y tomar las calles de Venezuela pacíficamente y no abandonarlas hasta que recuperemos la democracia.

Lanzamos un grito desesperado a los países amigos de Venezuela para que nos ayuden a rescatar la vida en libertad y en justicia. Recordamos al mundo que desde nuestra nación ya hace mucho tiempo, salieron hombres y mujeres valerosos a derramar su sangre por la libertad de medio continente. Rogamos que el grito de libertad del pueblo venezolano no siga siendo ignorado y que se haga realidad aquella consigna del himno libertario venezolano que clama: “Unida con lazos que el cielo formó, la América toda existe en nación; y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio”.

Siguiendo al himno nacional, ahora es la hora de los ciudadanos. Tal como hace doscientos años cuando se luchaba por la independencia, los venezolanos se unen en una consigna común: “Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó”.

El Coroto

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